19.5.07

Fundación


Grabado representando el emplazamiento de Tenochtitlán en donde se puede ver el águila portadora de presagios posándose sobre un cactus, lugar que será el centro de la futura ciudad azteca.

EL RITO FUNDACIONAL DE LA CIUDAD
JOSEP M. GRÁCIA (tomado de T.Burckhardt)

El particular rito de fundación de la ciudad se enmarca en el ámbito más general de los ritos de construcción, que engloba la construcción de altares, templos, casas, asentamientos militares y en general cualquier ordenación del territorio por pequeña que esta sea. Las referencias más explícitas al rito fundacional de una ciudad en Occidente han llegado a nosotros a través de los etruscos, de sus herederos los romanos y de los griegos, pero todas las demás tradiciones tienen también sus ritos de construcción que no difieren en contenido los unos de los otros aunque ciertos aspectos "formales" se acomoden a las circunstancias específicas de cada lugar; desde las tradiciones extremorientales hasta las precolombinas pasando por la tradición occidental el hecho que se persigue es esencialmente establecer en la tierra un centro a partir del cual se repite la cosmogonía, rememorando así el acto divino primordial de creación de toda la manifestación. Establecer este centro pasa por conocer la "voluntad divina", que en la tradición etrusco-latina se obtenía mediante la observación del vuelo de unas determinadas aves, en Grecia se consultaba el oráculo en Delfos y en Samnio, un pueblo de la Italia antigua, se seguía el rastro de un animal sagrado como el lobo o el pájaro carpintero, para finalmente establecer los límites del espacio que, en virtud del rito, pasa a ser sagrado.
Así, toda fundación es ante todo una fecundación de la tierra virgen por el espíritu divino, y toda fecundación es una unión de contrarios en la unidad. Fundar una ciudad significa refundar el Cosmos, repetir la cosmogonía, y esta refundación tiene carácter hierogámico: un matrimonio sagrado entre la tierra a ocupar y la otra Tierra prototípica, celeste e Ideal; la de abajo se estructura a imagen y semejanza de la de arriba, y ese trozo de tierra sacralizada pasaba a ser Centro del Mundo.
El rito fundacional de la tradición etrusco-latina al cual nos vamos a referir, consta de un doble tiempo que se plasma en una doble acción ritual. En primer lugar, y como condición de posibilidad, era imprescindible el rito de la Contemplatio. Esta parte del rito era efectuada por un magistrado: el Augur. La Contemplatio consistía en, una vez alcanzado un lugar elevado, generalmente la cima de una montaña que en virtud del rito que se va a efectuar, se convierte en Eje del Mundo, Montaña Cósmica, escrutar el cielo y según la topología que ofrezca en ese instante advertir en ella dos coordenadas, dos meridianos cruzados que configurarán, convenientemente dibujados sobre la superficie de la tierra, las dos direcciones principales o ejes de la ciudad. El Augur era el único capaz de determinar el significado exacto de los signos advertidos en el cielo, su Ciencia era secreta; así, en el caso de que todo estuviera conforme al rito y que los signos fueran favorables él era el encargado de comunicar a los demás la conveniencia o no de fundar una ciudad en el lugar previamente escogido. En el caso de que se dieran las condiciones celestes favorables quedaba así in-augur-ada la ciudad; pero vayamos por partes.
Como dijimos más arriba, el Augur advertía en el cielo unas coordenadas; el punto en donde éstas se interseccionaban se proyectaba en el suelo y éste, que pasa a ser el centro de la ciudad, es lo que propiamente se llama templum. El templum era un diagrama trazado en el suelo de carácter analógico y por tanto no implicaba una transposición literal de las directrices advertidas mediante el escrutinio de la topología celeste. El templum podía ser dibujado, dicho o gesticulado, pero de cualquier manera representaba sintéticamente el orden general del cielo en un lugar determinado; en el caso de que el Augur dibujase sobre el suelo el diagrama éste era generalmente circular y dividía el territorio en cuatro partes. Los antiguos etimologistas hacen derivar la palabra templum de tueri, mirar, escrutar, observar, pero, atendiendo a su raíz etimológica, hay dos observaciones importantes más a hacer.
En primer lugar la que deriva de temperatura que en latín significa fusión o mezcla bien dosificada y por lo tanto equilibrada, de dos o varias cosas distintas; derivado de temperatura tenemos "templar" que significa, genéricamente, mezclar una cosa con otra para moderar sus actividades, fusionar sus cualidades o energías; así pues, templo, o temple, es también una unión o fusión o mezcla; pero unión ¿de qué?
El Augur era el vehículo, "puente" o "canal" mediante el cual los tres niveles cósmicos en juego se unían mediante el rito y se materializaban en una figura o gesto al que se llamaba, como hemos visto, templum.
En tanto que Hombre Universal el Augur es "mediador" entre el Cielo (que no debemos confundir con el cielo visible) y la Tierra (que no debemos confundir con el planeta tierra). El Hombre Universal es propiamente en el sentido más elevado el "hijo del Cielo y la Tierra", siendo "hijo de la Tierra" en tanto que mediador e "hijo del Cielo" en tanto que transmisor del "mandato del Cielo" lo que por otra parte nos indica la simultaneidad de los dos sentidos ascendente y descendente del Eje Vertical y por lo tanto del Hombre Universal y que, en la tradición extremoriental, corresponde respectivamente a la función de Rey y a la de Pontífice. El Augur ejemplifica así, en tanto que Pontífice, a la Humanidad, tanto desde un punto de vista cósmico, como naturaleza específica, como desde un punto de vista social, como colectividad de todos los hombres. Así, la magistratura ejercida por el Augur es en realidad un pontificado: no en vano la tradición escrita que los romanos heredaron de los etruscos estaba bajo la custodia del colegio de los pontífices.
Por otra parte, en el subsuelo del templum se construía una cavidad llamada mundus en la cual se alojaban tres cosas: los restos del ave que fuera portadora de los buenos Augurios (más adelante nos referiremos a ella), un puñado de tierra traída de una ciudad hermana y, los restos del héroe fundacional . Así en el mundus se "fijaban" los tres niveles cósmicos: Cielo (simbolizado por el ave), Hombre (héroe fundacional) - Tierra (puñado de tierra), y sólo en virtud de ser unión de estos tres niveles cósmicos se puede decir que es un Centro; y es a partir de este "Centro del Mundo" que se repite la cosmogonía demarcando en el territorio, es decir en la dimensión horizontal, el "límite de lo sagrado". El mundus era una cavidad circular y se cubría con una losa de piedra, sobre la cual se erigía un altar en donde se encendía un fuego que pasaba a ser el focus de la ciudad. En este preciso momento el héroe fundacional daba nombre a la ciudad: un nombre secreto, otro sacerdotal y el nombre público, lo que equivale necesariamente a "nombrar" los tres niveles antes mencionados y de los cuales la ciudad era síntesis.
Continuando con la etimología de templum nos centramos ahora en la relación entre templum y mandala en el sentido en que ambos términos designan un modelo o patrón. Un templum es también un diagrama de orden universal, una cosmografía a partir de la cual y siguiendo un complejo sistema de proporciones se establece en el orden de lo sensible una distribución analógica al orden Cósmico. En el transcurso del rito fundacional del templo hindú, el Vastu Purusha-mandala se trazaba ceremonialmente en el suelo, a modo de plantilla, y pasaba a ser un "esquema" de lo que luego sería la construcción física del templo y de la ciudad. Muchas ideas se desprenden de todo ello, pero nos interesa una: que en virtud del rito todas las ciudades y todos los templos son iguales y a la vez únicos pues siendo el modelo (templum, mandala) el mismo, la construcción física se acomoda a las condiciones particulares del lugar escogido. Todas las ciudades o templos fundados conforme al rito son Centro del Mundo y hay tantos "centros" como ciudades o templos fundados ritualmente: el centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.
Pero la Contemplatio no era sólo un trabajo de advertir en el cielo las coordenadas que regirán luego las características principales de la ciudad, era también un "esperar". Este "esperar" (contemplando) es un acto de recogimiento en estado de alerta para advertir el signo del cielo o prodigio (algo fuera de lo normal). Se espera una señal, un ave, un ángel. Este signo angélico o figura alada tomaba la forma de un ave, y, en el ritual romano, el ave escogida era generalmente un águila. Simbólicamente el águila es la mensajera de la voluntad divina.
El águila se asimila al rayo y al trueno y así manifiesta a un nivel las voluntades del dios supremo y la acción transformadora del cielo sobre la tierra, es decir, la fecundación de la tierra madre (asimilada al caos primordial y a la materia prima) por el espíritu divino.
Siguiendo con el ritual llegaba un experto, el Arúspice (adivinador por el hígado) quien cogía el ave portadora de los augurios, la abría en canal, le sacaba el hígado que subdividía en partes atribuyendo cada una de ellas a una divinidad, y advertía en él el signo. Leía los signos oraculares y si le parecían malos se había de aguardar y si le parecían buenos se procedía a lo que al principio hemos denominado la segunda acción ritual.
Esta segunda acción se ejecutaba posteriormente al trazado de las direcciones de los ejes principales de la ciudad por parte del agrimensor, oficio éste tan excelso como el del Augur, quien con un instrumento llamado gnomon trazaba el cardo y el decumanus maximus acorde con el curso del sol. Cardo quiere decir "eje", es decir, línea en torno a la cual gira el sol, de Norte a Sur, y decumanus debe su nombre, según algunos tratadistas antiguos, a la contracción de duodecimanus, la línea de las doce horas entre la salida y la puesta del sol, es decir de Este a Oeste. El rito realizado por el agrimensor constaba de tres fases: trazado de un círculo entorno al gnomon, determinación del eje Este-Oeste acorde con el curso del sol y de su perpendicular Norte-Sur y trazado del cuadrado inscrito en el círculo. Estas tres fases del rito corresponden igualmente a las tres figuras fundamentales (círculo, cruz y cuadrado) que simbolizan los tres niveles (Cielo-Hombre-Tierra).
Precisemos que así como el templum era un diagrama de orden analógico y su transposición en el territorio no era literal, las coordenadas trazadas por el agrimensor tampoco determinaban exacta y necesariamente las directrices básicas de las calles principales; esto es así porque en su trazado definitivo también intervenían consideraciones de tipo más pragmático referentes a la salubridad de las aguas, dirección de los vientos predominantes en la zona etc., pero este tipo de consideraciones si bien eran importantes para la correcta distribución de las calles y edificios no eran en absoluto determinantes en el trazado de la ciudad, lo determinante era lo advertido mediante el rito. Podríamos decir que el Augur al trazar el templum señala las direcciones sutiles que ordenan la Tierra, el agrimensor señala, en un posterior estadio de determinación, la cuadratura del círculo solar sobre la superficie de la tierra, y posteriormente se distribuye la zona sacrificada en consideración a las condiciones atmosféricas, topográficas y de salubridad propias del lugar. Con todo ello el simbolismo geométrico del conjunto no resulta en absoluto modificado sino que al contrario imita fielmente el modelo original y no se confunde con las consideraciones estrictamente materiales.
Una vez, pues, inscritas en el suelo las coordenadas celestes advertidas por el Augur y que se concretaban en el diagrama del templum, acorde con los signos advertidos por el arúspice y una vez se disponía de los ejes elementales que ordenarían la morfología de la ciudad, se procedía a la demarcación de los límites que esta ocuparía en el territorio. Este demarcar consistía en establecer una cuadratura: perpendicularmente a cada eje se trazan cuatro surcos que formaban un cuadrado. Este surco, llamado sulcus primigenius, lo trazaba el fundador de la ciudad sirviéndose de un arado de bronce, que simboliza el matrimonio sagrado entre cielo y tierra. El arado como símbolo de fecundidad se atribuye al dios del trueno y la justicia; no por casualidad el bronce, (metal de gran dureza obtenido por la unión de estaño, cobre y plata) es también símbolo de la justicia inflexible, de la incorruptibilidad y la inmortalidad y era empleado para los instrumentos de culto y las acciones de carácter religioso pues, entre otras significaciones, evoca el maridaje de la luna y el sol. El arado era llevado por una novilla y un toro blancos, el toro caminaba por la parte exterior del surco y la novilla por la parte interior. La novilla simboliza la tierra o sustancia primordial; en la antigua Mesopotamia la Gran Madre o la Gran Vaca era diosa de la fecundidad, y es por lo tanto un símbolo de la fertilidad. El toro evoca la fertilización de la tierra y por tanto la parte "creativa" que se complementa con la "receptiva" simbolizada por la novilla. Así el matrimonio sagrado se realizaba a dos niveles: una unión vertical entre Cielo y Tierra, mediante el arado, y otra horizontal, ya en el orden de lo manifestado, entre los dos principios elementales de toda manifestación: lo masculino o creativo y lo femenino o receptivo. Los animales debían de ser blancos pues, en sentido ritual, era éste el color del pasaje, de la iniciación; los animales blancos sacralizaban un terreno antes profano mediante el rito: la tierra había sido iniciada y conformaba una base firme para la construcción.
El fundador llevaba el arado oblicuamente de manera que la tierra levantada por éste cayera en la parte interior del surco. La hendidura hecha por el arado era lo que se llamaba fossa y la tierra sacada por el arado se llamaba "muro". Ovidio relata cómo Rómulo, el fundador mítico de Roma, abre una zanja profunda y la llena de frutos, la cubre con tierra, levanta un altar sobre ella y a continuación se dispone a trazar, con el arado, los límites de la ciudad, lo que será el muro. Este muro por su estricta condición ritual era sagrado y por lo tanto no se podía traspasar; cuando era necesario establecer una salida al exterior el fundador levantaba el arado y la franja de tierra no fecundada por éste era lo que se llamaba "puerta", que al no poseer valor sagrado podía ser traspasada.
Los ritos de construcción, que propiamente corresponden a la arquitectura sagrada, son una "fijación" en el espacio del tiempo en constante movimiento cíclico, se establece realmente la cuadratura del círculo. Esta fijación tiene carácter alquímico pues es en definitiva una "coagulación" que se traduce en términos prácticos como una cuarterización, partición o cualificación de algo cuantitativamente indeterminado; mediante la práctica ritual se 'cristaliza' la realidad cósmica y esta cristalización se resuelve en una geometría que es una imagen invertida de lo intemporal, es el Ser 'corporalizado'.
El rito es la inteligencia de acción. Los símbolos y los mitos urden armoniosamente nuestra realidad con La Realidad, recordándonos incesantemente que esta polaridad es sólo aparente, pues en realidad sólo es Uno y, consecuentemente, que la existencia es sólo algo contextual, algo verdaderamente relativo que sólo deviene absoluta cuando se identifica con el Ser. Los símbolos, mitos y ritos nos atañen a nosotros como implicaron a nuestros antepasados y si en la actualidad todas estas cuestiones están ocultas, pues ciertamente se trata de una ocultación y no de una desaparición, es por la naturaleza misma de lo simbólico que vela su sentido profundo a quien lo usufructúa y lo revela a quien lo invoca.